La sobre-valor-ación de los diagnósticos actuales
Actualmente, existe un exceso de diagnósticos que dan un valor al sujeto para, así, reemplazar el nombre propio. Si bien el nombre es lo que marca una diferencia, este exceso de diagnósticos no permite la diferencia, sino que apunta a que cualquier malestar sea ya un diagnóstico.
La gran mayoría de discursos médicos se enfilan a sostener diagnósticos y así, obtener una respuesta generalizada ante los problemas y malestares actuales, dando como resultado borrar el nombre propio, la historia, pero, sobre todo, la implicación de cada sujeto ante su malestar, dejándolos con una sola posibilidad: su diagnóstico o varios diagnósticos. Atiborrados por características de lo que se tiene que ser o no ser; ya que por medio del poder que ejercen ciertos discursos médicos, se les posicionan como sujetos diagnosticados, buscando que funcionen como máquinas sin la posibilidad de fallar ante un sistema de producción.
Podemos ver cómo, en la clínica y en otros espacios, se escucha a sujetos nombrarse desde sus diagnósticos, marcados por su malestar. Esto hace que aquello que les incomoda genere un dictamen que termina hablando por ellos, dejándolos enajenados, sin darles la posibilidad de escuchar lo que su síntoma o malestar dice de cada uno, en lo singular.
La nueva tendencia de ciertos espacios en las redes sociales promueve la psicología del yo, pensando que todo es a partir de uno mismo. Un ejemplo de esto es la comercialización que se esta produciendo a partir de síntomas, pensando esta tendencia de ser a partir del malestar, posicionando los diagnósticos desde una generalización dando como resultado un comercio que produce diagnósticos y al mismo tiempo tiene al alcance infinidad de medicamentos para infinidad de diagnósticos, posicionándolos por encima del nombre propio, llenando con etiquetas y quitando la posibilidad de que se dé un vacío ante ese malestar que posibilite algo diferente. Buscan romantizar el sentido de vida que este les da para sostener un ideal: el ideal que la sociedad actual dicta, ser a partir de uno mismo.
Esto nos dice que vivimos en una dictadura: la del diagnóstico. En busca de un sentido y del autoconocimiento, quedamos en una posición narcisista de pensar en uno mismo, sin posibilidad de hacer lazo con el otro, enajenados y creando una sordera que impide al sujeto escuchar la implicación ante aquello que habla e insiste en ser escuchado. Se apunta a que las palabras tengan un único sentido, quedando sentenciados a vivir a través y alrededor del diagnóstico, haciendo de este una condición de su malestar, dejando a un lado la posibilidad del límite.
El psicoanálisis nos advierte que no se puede con todo (afortunadamente), y que, efectivamente, hay límite. Es justo ahí donde los diagnósticos hablan de la imposibilidad que el sujeto está teniendo ante un mandato romantizado que dicta “echarle ganas” para, así, “poder con todo”. Esto atrapa a los sujetos en un discurso que los enajena de su historia y su lugar en ella, generando culpa por no poder ser tan “perfectos” como se exige, dejando a un lado la lógica de producción en la que se está inmerso.
Aquí, lo importante sería escuchar y no anclar una sentencia. El psicoanálisis escucha lo que no anda bien en el sujeto, lo que angustia, sin la promesa de dejarlo sin angustia. Más bien, apunta a la escucha del deseo de cada uno, a nombre propio y en lo singular, dejando a un lado un discurso de masa que busca generalizar, dejando al sujeto en un lugar imposible de sostener y, por ende, consumiendo medicamentos que, muchas veces, no son necesarios para, así, sostener la producción.
Actualmente, lo llamaría la dictadura del más fuerte, en busca de la perfección. Apurados a seguir ciertos lineamientos, vivimos en urgencia mediante una exigencia que busca encajar en un discurso que condiciona, obturando la falta o haciendo goce con ella. Se deja a los sujetos sin la posibilidad de sentir vacío, viviendo en la constante del exceso y de ir por más, apresurados en producir y consumir. El diagnóstico está ahí, diciendo algo del sujeto en lo singular, pero, al mismo tiempo, evidencia la imposibilidad de poder con todo.
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