Uno año nuevo peculiar


Un año nuevo diferente, pero peculiar. Lo conoció diez años atrás, un día en el gimnasio que estaba frente a la casa de sus papás. Allí estaba él, un hombre rubio y alto, con esos ojos mitad marrones y mitad miel; fue así como ella llegó a él. Se vieron, se conocieron, se imaginaron, y fue en ese instante que la búsqueda por él comenzó.

Ella tenía veinte años en ese entonces. Fue por medio de internet que empezó la búsqueda de ese hombre tan misterioso del gimnasio. Sí, había mucho misterio en él, dejándola cautivada; logró que su cabeza no dejara de pensar en él. Sin embargo, había un pequeño problema: ella tenía novio, y esa relación, aunque destinada al fracaso, sostenía un ideal. Era una relación de siete años, pues se conocían desde la secundaria; ese ideal de relación sostenía un deseo que, como bien dice Lacan, era el deseo del Otro: de su familia. Aunque ella sabía que su novio no era el amor de su vida, era el hombre que cumplía con ciertos ideales que su familia le exigía.

A pesar de todo, no podía dejar de pensar en aquel hombre misterioso del gimnasio. Hasta que un día, después de una intensa búsqueda, lo encontró. Supo su nombre: Eduardo, o Edy,como aparecía en sus redes sociales. Aunque no lo conocía, pensaba todo el tiempo en él. Tanto, que desvió su atención de esa relación tan tormentosa y dolorosa que sostenía desde hacía muchos años.

Había mucho imaginario alrededor de ese hombre al que aún no se atrevía a hablarle. Hasta que un día se acercó y finalmente platicaron, intercambiaron números y la historia comenzó. Él era diez años mayor que ella, un hombre divorciado y con un hijo fruto de su matrimonio. Fueron amantes; se hablaban, se veían, se besaban… pero, sobre todo, se querían. Su relación a escondidas duró unos seis meses. A pesar de todo, ella sabía que no podía terminar su relación de años y formalizar algo con Eduardo, pues en su cabeza, el hecho de que él fuera divorciado y con un hijo era un impedimento para que su familia lo aceptara. Así que sabía que era momento de dar el siguiente paso en su relación de años: el matrimonio. Había mucho en juego y ella no fue lo suficientemente fuerte para romper con las expectativas de su familia. Así que decidió seguir con su relación formal y terminó con Eduardo.

Nunca lo olvidó. Se mantuvieron como buenos amigos durante mucho tiempo, hasta que un día ella se divorció por una infidelidad de su esposo. Fue entonces cuando Eduardo regresó a su vida. Seguía siendo ese hombre misterioso, rubio, alto, de cuerpo espectacular. Daba unos abrazos hermosos, y fue en ese reencuentro que, al abrazarlo, se dio cuenta de lo maravilloso que puede llegar a ser un simple abrazo, que no es del todo simple.

Sí, su físico atrae, pero él era diferente. Esos siete años lo habían cambiado; buscando paz, llegó a la meditación, preguntándose por la vida en sí. Un hombre sensible, misterioso, pues no se abre con cualquiera ya que cuida su corazón roto y herido. Ella, ya una mujer y no una niña obediente por seguir el deseo de alguien más, pues ahora, al ser mujer, le tocaba seguir el camino de su deseo.

Eduardo la buscó. Le dijo que la quería, deseando recuperar el tiempo perdido e inconcluso que dejaron años atrás. Pero ella tenía miedo. No quería apresurar las cosas. Venía de una infidelidad que la dejó con el corazón roto. Sin embargo, un día se atrevió. Así fue que pasó un año nuevo diferente con él, como siempre lo había soñado: una tarde sencilla, con música de fondo, una buena plática, pasta y vino. Pasaron juntos la tarde del treinta y uno de diciembre, ahora sin ser amantes a escondidas, sino a la vista y con la posibilidad de ser algo más. Recibieron el año nuevo juntos, viendo los fuegos artificiales desde la terraza, sentados en un sillón, con la chimenea encendida y una copa de vino.

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